Nadie dijo nada.
Y a mí no me interesó en lo mas mínimo.
Presté atención a los ruidos mas leves que me rodeaban.
Al parecer, los yuyos eran lugareños del lugar donde me encontraba, porque sus malezas no paraban de crujir y mi cabeza no dejaba de pensar qué pasaría si me atreviese a dar cinco pasos más.
Y cuando los di, desperté finalmente de ese sueño perpetuo, del cual siempre terminaba mal y con ganas de saber qué pasaría en aquel zaguán.
Narciso Humilde

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