5.08.2006

Algo no nuevo

Las preguntas astutas que acuden en el momento equivocado, son solo resquicios y amebas de historias viejas. Los tiempos pasados, las tardes amenas, los infelices de siempre, el borracho de la esquina, tu voz que me nombraba una o dos veces, un llanto, lápices que caían. Yo no quería que me miraras más, habíamos perdido todo lo que había, estabamos rotos para volver a intentar. La calle que parecía vacía, los gritos que parecían grillos y tu nombre me daba vueltas en cabeza, sentía un dolor gigante y me costaba mucho tener que llevarlo sobre mis hombros. Estaba mal, enterrándote y mal, lejos tuyo y mal, muriéndome y mal. Quería que nada terminara, que nada de lo que había pasado fuera tan cruel, tan verosímil, tan real.
Y volví a casa, dejé todo lo que traía encima y lo tiré sobre el colchón de siempre, donde tantas noches nos revolcamos y sentimos lo que era tenerse el uno al otro, el no necesitar de nada más para poder subsistir. Y los problemas que llaman a la puerta cada vez que uno está planchando recuerdos que no quiere arrugar, que no se desmenucen por doquier en tu sillón. Pero como sea, estoy solo de nuevo y la memoria de algún tiempo con vos se me está apagando cada vez más. Todo se vuelve neblina, charco difuso y mal parido, imbécil de los dientes bien peinados, mamarracho de ayer...
No hay otra que mirar por el balcón, aspirar el humo ficticio que corrió por mis pulmones desde los trece, y escuchar un blues de cuarta para poder terminar el día con un whisky y una cama pegajosa, iracunda y gastada. Al día siguiente preparo un churrasco y la ensaladera está llena de tu recuerdo, todo lo que toco se vuelve un viejo momento hermoso con vos. Y por eso quisiera prender fuego la casa, pero después pienso que no tengo donde vivir sino, así que desisto. Me propongo dormir, y no paro de pensar en la noche que me echaste. Una noche como cualquiera, sin ver la tormenta que se venía y que me iba a empapar todo con su desganada mala leche. No quisiera tener que pasar cada noche así, cada sueño pensando en el momento en el que me dijiste “estoy confundida, no sé bien qué me pasa”. Palabras indefinidas y poco honestas de una mujer desdeñosa que no paro de querer, recordar y amar. Perro arrugado y sin dientes nuevos, voy a escupir otro día y guiñearle un ojo al sol para que este dispare su mejor sonrisa radiante sobre mi camino. Caminando y supurando la herida tremenda que tengo en mi interior, que cargo con mucha responsabilidad y dolor, caigo en la cuenta de que el hecho de contar esta historia hacia los demás no va a cambiar nada. Pero siento más leve el peso que llevaba, y siempre voy a saber que los corazones rotos son para los imbéciles.
El que lo dijo seguro tiene razón...

(Originalmente escrito el 18 de Diciembre de 2005)

Narciso Humilde

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