5.10.2006

Carta a un señor no muy estimado pero si apreciado:

¿Cómo anda? Tanto tiempo pasó desde la última vez que nos vimos que ya no recuerdo su voz. Quisiera que supiera usted que no es muy grato para un hombre como yo, para un padre como yo, que un hombre como usted se haya llevado a mi hija con el descaro con el que lo hizo. Sepa entender usted que no puedo permitir mas calumnias contra mi persona, ya que todo el pueblo habla de mi hija como una prostituta, que anda con el primero que se le aparece en la casa y se va de farra con él, sepa entender usted que mi imagen en la sociedad (suciedad) es importante para mí. Aunque tampoco le pido que me la devuelva, porque esa mujercita me traía muchos problemas, siempre plata de acá, plata de allá, porqué no me compras esto, o aquello, lo único que sabía hacer era gastar mi billetera. Así que la verdad, esta carta mas que un insulto hacia usted, más que un reclamo de un padre que extraña a su hija, es la de un hombre hacia otro hombre que está agradecido, porque en realidad poco importa mi imagen en esta podrida sociedad, porque ahora sí puedo ser feliz, no tengo ataduras. Está bien que me dolió mucho la falta de mi difunta esposa, pero de eso ya pasaron 7 años, y me siento con fuerzas doblegadas, con fuerzas renovadas, ya no tengo ningún apuro. Puedo hacer mi vida sin tener que rendirle cuentas a nadie. La verdad, usted fue mi salvador, porque todavía no se dio cuenta pero la divina de mi hija no tiene muchos modales que digamos. Porque yo sé como empezó todo esto, sé que usted la vio una vez en el balcón de mi casa que se encuentra en la esquina de Valentín Alsina, donde las aves encuentran reposo en los mejores árboles de Buenos Aires, y donde también, usted, Arquímedes Lafinestra se enamoró de mi hija, la modesta y esbelta Celestina Cáseres.
No tengo más que gratificaciones hacia usted, me disculpo si en el comienzo de esta modesta carta lo insulté o acaso me reí de su futura suerte que realmente, no tiene futuro. Sepa entender mi escepticismo, el hecho de liberarme al fin de esa pesada, de esa hija que nunca quise tener, porque me habrá traído buenos momentos, pero todo lo demás fueron problemas.
El primer novio y la primera cita, el permiso de dejarla salir a la noche con su noviecito por ahí, para poder tener un suspiro al fin y tener toda la noche para dedicarme a los placeres de la cama.
No vale la pena mencionar todo lo que hacia el escritor de esta modesta carta en la cama, pero solo puedo agregar que era “devastador”. Por eso, todas las noches que pasaba eso, mi hija volvía a cualquier hora.
Después pasaron unos años, fallece mi esposa y ambos caemos en una depresión innombrable, pero ella sabía muy bien como consolarse con los novios que tenía por ahí.
Sí, tengo que afirmar que usted está enamorado de mi hija, una prostituta de barrio, pero no quisiera alarmarlo tan rápido, no quisiera que se desaliente tan rápido. Puede ser que ella guste de usted mucho, pero seguramente nunca lo va a amar, ella nunca amó a nadie, y no sé si ella misma se quiere.
En este momento se debe estar preguntando qué clase de padre soy, que tira tan abajo a su hija. Yo le digo la verdad: soy de la clase de padres que no se guardan nada, que son honestos y que cuando termine esta carta me voy a ir con Carmen para la bodega, para ver si ya están añejos los vinitos para la noche.
Porque usted no se enteró, pero después que se fue usted con ella (por algo será que no hice ningún ademán en ningún momento de ir a buscarla, y no sé si eso le alarmó o no, poco importa ahora) vendí la casa y me fui con Carmen, que por cierto es una vieja amiga de mi difunta esposa, para Mendoza espero que no se haya alarmado usted por la demora de mi carta, vio como es esto del mail y del internet y todas esas parafernalias. Las vías epistolares hoy día están en mucho desuso, pero espero que esta carta de agradecimiento hacia usted llegue a debido término. Sin dar más vueltas, le deseo lo mejor en un futuro que no tiene muchas luces, con la pérfida de mi hija y que sea muy feliz en la desdichada cuna de la desolación y la desesperanza. Sin más, se despide de usted


Ernesto Cáseres
Narciso Humilde

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