6.27.2006

Una despedida inevitable

¿Qué decir? ¿Qué hacer? Si solamente es el invierno que se impone de manera incesante, por las calles de Buenos Aires. Supongo que las hojas que hoy caen (porque están cayendo, sí señor) mañana serán un mero desperdicio del ayer, una simple figurita que alguna vez representó toda esa felicidad que significaba para las personas la llamada primavera. Aquella prima que hoy parece tan lejana, cuando el tiempo se nos pone inestable y nos imposibilita ser felices. Y no lo digo desde mi más profundo resentimiento hacia el paso del tiempo, sino desde mi incrédula y no tan ficticia opinión, porque este tiempo lluvioso y con días grises pueden ser fatales para personas desdichadas y desafortunadas.
Realmente son un bajón, para no dar muchas vueltas ni escatimar con palabras de un lenguaje avanzado que todavía (quizá) no poseo. Surge escribir cuando la cosa se pone insoportable, cuando el grito que nace en mi esófago pero que jamás culmina en mi garganta quiere ser vomitado, quiere ser exprimido, expresado, excelente en una hoja.
Pero siguiendo con esta época del año... el otoño... ese eterno amigo que no es eterno, ya que se queda unos simples cuatro meses y después se va hacia otro lugar, para dejar más hojas secas por doquier y enfermar a las mentes alegres con su malestar divino, pero con esto no quiero significar que el otoño sea malo para todos, no señores. Lo que quiero decir, si me permiten y no me agreden, es que en esta época me siento interesantemente raro, pero no interesante de manera que yo me vea interesante, sino que lo puedo percibir con mis sentidos. Sé bien que no es fácil entender lo que escribo, si lo fuera estaría escribiendo ta te ti, solo haciendo cruces y círculos, en vez de escribir sobre lo que siento, pienso, acciono y desacciono - palabra de una inventiva poco peculiar en mí.
Entonces estábamos en que se nos viene el invierno, de narices frías y bufandas prestadas, donde los amores que uno podría llegar a encontrar en ese momento valdrían el doble (o tal vez el triple, teniendo en cuenta la desesperación acumulada en nuestro ser), y las despedidas se harían más amargas que de costumbre.
No es fácil (repito la palabra, sepan entender) intentar, no lo es. Y cuando me refiero a esto, me refiero a tirarse a esa pileta que ya no contiene agua en forma líquida, sino que ya es un témpano de hielo, ya un lugar donde poder patinar, ya un lugar para romperse la cabeza de una, ya un lugar que uno sabe que no puede ganar.
Pero, sin dudarlo, ese inestable ser que sería yo (digo inestable por no decir inefable, soberbio y narciso) haría vueltas sobre unos patines que jamás supe usar, y que seguramente caería de una manera adusta, por mi poco conocimiento en el arte del patinaje. El único punto análogo que podría encontrar sería el del frío que haría en el lugar, porque sería ampliamente comparable con la frialdad que tienen algunas mujeres para conmigo.
No lo digo desde un lugar de escritor herido y sufrido, sino desde el lugar de un escritor que quisiera (y cómo) poder llegar a comprender un poco la mecánica sistemática que poseen esos seres, a veces viles, a veces no, que son las mujeres.
Esos seres incomprensibles que saben conseguir lo que quieren, estén provistas o no de una belleza inasible, puesto que aun siendo la representación de una costilla nuestra (y qué mínima que parece, parece insensato) son y pueden serlo por siempre (and for all the eternity) las dueñas de nuestras más ansiadas esperanzas.

Ya me fui, yo sé que sí, pero no puedo seguir sin aclarar que no sufrí lo suficiente como para dejar de escribir sobre ellas así...
Cuando lo haga, estos escritos solo serán pasado (materialmente lo serán, pero no me refiero a eso) y yo pensaré que todas las mujeres nacieron con el propósito de chupar nuestra envidiable sangre (porque sí que lo es, viril e incomparable sangre), y socavar todos nuestros hermosos sueños de juventud, transformados finalmente en miserias de un futuro no lejano pero sí distópico, en el cual seríamos sus simples títeres de marfil, sus simples muñequitos de repisa, que guardan con tanto afecto pero que si logran encontrar a otro más bello, nos tirarían a la basura sin dudarlo.

Narciso Humilde

2 comentarios:

yegua dijo...
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